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La memoria en primera persona. Familia, comunicación y reconstrucción biográfica

A través de la producción participativa de recordatorios digitales, el Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero impulsa una práctica que reivindica el derecho humano a la comunicación. Una apuesta por restituir la dimensión afectiva de las historias de desaparecidxs frente al avance de los discursos negacionistas en el entorno digital.

Por Mario Roberto Sougarret Santucho

¿Puede la reconstrucción participativa de las biografías de personas desaparecidas constituir un ejercicio concreto del derecho a la comunicación y, al mismo tiempo, una forma de territorializar la memoria en Santiago del Estero? 

La memoria no es solamente un archivo judicial ni una sucesión de fechas conmemorativas. Es también una práctica comunicacional. Nombrar es inscribir en el espacio público aquello que el terrorismo de Estado intentó borrar. La desaparición forzada no buscó únicamente eliminar cuerpos, también procuró interrumpir historias, desarticular vínculos y vaciar trayectorias de sentido. Como nieto de Mario Roberto Santucho y Ana María Villarreal, mi identidad está atravesada por sus historias. Nací en Cuba, en el exilio de mis padres, como consecuencia de las dictaduras de Argentina y Chile; y, tras retornar, elegí radicarme en Santiago del Estero, esta tierra marcada por la historia familiar. Por eso creo que el acto de nombrar es una necesidad política: reconstruir una historia que intentaron expropiarnos.

Mario Roberto Santucho fotografiado durante su niñez.
Fuente: Archivo del Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero.

En nuestra provincia, desde el equipo de comunicación del Instituto Espacio de la Memoria (IEM), sostenemos una práctica: la producción de recordatorios digitales en la fecha de desaparición de cada víctima. Lo particular es que los elaboramos junto a los familiares, amigos, amigas, compañeros y compañeras. De ese modo, ponemos el acento en quiénes fueron, dónde nacieron, cómo crecieron, qué soñaban y cómo eran en el cotidiano. No se trata solo de recordar el secuestro y la desaparición, sino de restituir la vida a través de la palabra compartida. ¿Por qué lo hacemos? Estamos convencidos de que la reconstrucción participativa del sujeto biográfico constituye un ejercicio situado del derecho a la comunicación en su dimensión social, colectiva y democrática. No es solo una acción memorial, sino una intervención en la esfera pública que amplía la ciudadanía comunicacional desde el territorio.

La tradición clásica entendió la libertad de expresión fundamentalmente como una garantía frente a la censura estatal. Bajo ese paradigma, el problema central era la intervención del Estado sobre el emisor individual. Sin embargo, este enfoque resulta insuficiente para comprender las desigualdades estructurales del sistema mediático contemporáneo. La pregunta ya no es solo quién puede hablar sin ser censurado, sino quién tiene efectivamente la posibilidad de ser escuchado en un sistema donde las plataformas digitales y los grandes grupos económicos concentran la visibilidad.

Los investigadores Damián Loreti y Luis Lozano definen el derecho a la comunicación como un derecho habilitante o metaderecho, porque genera las condiciones de posibilidad para que otros derechos, como el derecho a la identidad y el derecho a la verdad, adquieran pleno significado social. En ese sentido, la ciudadanía comunicacional supone reconocer a los sujetos como productores legítimos de discurso, no solo como audiencias pasivas de relatos ajenos.

La práctica de elaborar los recordatorios junto a las familias y compañeros intenta romper la lógica vertical institucional. La familia interviene activamente en la selección de fotografías, recuerdos y anécdotas, convirtiéndose en coautora de una memoria que se niega a ser olvidada.

En primer plano, María Orfelia Benegas, desaparecida en 1976, en Santa Lucía, Tucumán.
Fuente: Archivo del Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero

Cuando se narra que María Orfelia Nicolasa Banegas nació en Loreto, en el paraje Km 88, que creció entre el monte y los obrajes, y que cosía ropa para sus nueve hijos en Santa Lucía, el relato deja de ser una abstracción jurídica de la causa “Operativo Independencia” para inscribirse en un territorio concreto y afectivo. Del mismo modo, cuando se recuerda que Armando “Santiago” Archetti, graduado con una tesis sobre Wittgenstein, fue secuestrado al salir del Lawn Tennis en el Parque Aguirre, la memoria se vuelve tangible y cercana para el vecino que transita esos mismos espacios cotidianos.

Esta territorialización no es un detalle anecdótico, sino una estrategia de federalización que produce identificación. Al nombrar la Escuela de Comercio o el Colegio Nacional Absalón Rojas en la historia de vida de un desaparecido, el IEM restituye la pertenencia de esas vidas a la comunidad política santiagueña de la que fueron arrancadas.

El ecosistema digital contemporáneo está atravesado por dinámicas de concentración y algoritmos que fomentan la polarización. En Argentina, la regresión de políticas públicas tras el desmantelamiento de la LSCA en 2015 debilitó los marcos orientados al pluralismo y la desconcentración mediática. En este contexto, los discursos negacionistas encuentran condiciones propicias para circular en Facebook e Instagram, simplificando el horror o deshumanizando a las víctimas. El negacionismo no opera solo cuestionando cifras; produce un vaciamiento simbólico que busca despojar de espesor humano a los militantes.

Frente a esa lógica, la reconstrucción participativa del IEM responde con densidad narrativa. Humanizar al desaparecido es la acción de contrapoder más radical. Si el discurso de odio busca reducir a Roby Santucho a una etiqueta ideológica, la narrativa biográfica responde con su espesor humano y político. Fue el chico que prefería las historietas hasta que sus hermanos empezaron a acercarle libros y ya no paró de leer, el que jugaba al básquet en la calle Mitre; el dirigente que fundó el PRT y se levantaba a las cinco de la mañana a estudiar para volver, de noche y rendido, a jugar con sus hijas; el preso que, en Villa Devoto, le pedía a su compañera que no le ahorrara una sola crítica, porque también el amor era para él una forma de revolución. Y era, además, aquel al que un mozo santiagueño reconoció aun en la clandestinidad. Una vida entera, con sus ideas, su entrega y su ternura.

Manuela Elmina Santucho, secuestrada en julio de 1976 en Buenos Aires.
Fuente: Archivo del Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero.

En el caso de Manuela Elmina Santucho, abogada defensora de presos políticos, su recordatorio rescata su labor profesional y testimonios de su sensibilidad como el de aquel compañero al que salvó cuando le alcanzó agua en un centro clandestino. Como sugiere la investigadora María Soledad Segura, este tipo de prácticas permiten pasar de la resistencia al olvido a la incidencia política, obligando a las redes sociales a albergar trayectorias vitales completas que desafían la simplificación del algoritmo. Los recordatorios no buscan viralidad, sino presencia sostenida: cada fecha inscribe una historia humana en el calendario público digital.

Se dirá que la reparación judicial es indispensable, y es cierto. Pero esto no agota la reparación de los derechos humanos. Existe una dimensión simbólica que requiere del ejercicio del derecho a la comunicación para concretarse. La reconstrucción del sujeto biográfico es, a fin de cuentas, una forma de reparación narrativa.

La democratización comunicacional implica reconocer la legitimidad de múltiples voces. En los recordatorios elaborados junto a las familias, amigos y compañeros convergen fotografías domésticas y relatos íntimos que humanizan lo que el Estado alguna vez intentó borrar. Al habilitar que las familias y los amigos narren públicamente la vida de sus seres queridos —y también lo que a ellos mismos les pasó— desde la estructura del IEM, se amplía el campo de la ciudadanía comunicacional en Santiago del Estero. Las familias se transforman en sujetos activos que producen sentido histórico.

Comunicar para que la desaparición no sea silencio

Antes de emprender este trabajo desde el IEM, nos preguntamos por el potencial de la reconstrucción participativa del sujeto biográfico. En el camino, constatamos que, de la mano de familias, amigas/os y compañeras/os, la memoria se puede reafirmar como un acto participativo y reparador. Inscribimos las historias en nuestro territorio (en la calle Mitre, en Loreto, en el Parque Aguirre) e intentamos que la memoria se vuelva cercana y la comunicación, más federal. Al circular en plataformas digitales, además, intentamos disputar sentidos al negacionismo creciente.

Mario Roberto Santucho junto a Ana Santucho, su primera hija.
Fuente: Archivo del Instituto Espacio de la Memoria de Santiago del Estero.

La desaparición forzada intentó borrar vidas y silenciar trayectorias. La reconstrucción participativa del sujeto biográfico responde con palabra, con territorio y con una memoria que, al ser comunicada junto a quienes compartieron la vida con ellxs, se vuelve presente, colectiva y soberana. Porque mientras haya una comunidad dispuesta a narrar estas historias de amor, coraje, militancia y ternura, el silencio nunca tendrá la última palabra.


Fuentes

  • Loreti, D., & Lozano, L. (2015). El derecho a comunicar. Capítulo 2: El rol del Estado como garante del derecho humano a la comunicación. Siglo XXI.