Reconstruir un pasado para el periodismo santiagueño
A más de ochenta años de la primera organización colectiva de la prensa santiagueña, el docente-investigador Ernesto Picco se remonta a los orígenes de un oficio nacido entre imprentas desvencijadas y disputas políticas.
Fue Samuel Yussem —inmigrante ruso y militante socialista, obrero gráfico y editor— quien quiso darle al periodismo santiagueño una fecha de nacimiento y un primer intento de organización colectiva. Para eso organizó una celebración. Fue el 17 de septiembre de 1942 en la Biblioteca Sarmiento, en un momento en que el periodismo santiagueño estaba cambiando.
Existían entonces dos diarios (El Liberal, que estaba por cumplir medio siglo y La Hora, que llevaba casi dos décadas en la calle); una radio (LV11, que sonaba en el aire hacía apenas cinco años); y algunas revistas y publicaciones sueltas de las pocas imprentas que había en la ciudad de Santiago y algunas localidades del interior. La ceremonia del 17 de septiembre en la Biblioteca Sarmiento fue organizada por el Círculo de la Prensa, que Yussem había ayudado a fundar apenas unos meses antes.
Yussem tenía 50 años y un derrotero impresionante. Había llegado a la Argentina en 1915, a los 22 años, y deambuló primero por Buenos Aires, luego por el interior de Córdoba, mientras trabajaba en distintos periódicos. Fue perseguido por judío y por militar en el Partido Socialista. Varias veces detenido por la Liga Patriótica Argentina. Recaló en Santiago en 1917, al mismo tiempo que en Rusia empezaba la revolución. Vivió entre Ceres y la capital, intentando alentar la organización obrera, por entonces difícil de desperezar en Santiago.
Trabajó un tiempo como tallerista en el diario La Hora y en 1932 instaló su propio negocio: el Taller Gráfico Yussem, frente al Colegio Nacional, con el que se convirtió en editor de revistas y libros. Se vinculó en esos tiempos al Círculo de Prensa de Tucumán, del que terminó siendo presidente. Desde ese lugar, fue uno de los organizadores del Primer Congreso Nacional de Periodistas, que se realizó el 25 de mayo de 1938 en Córdoba. Allí se reunieron por primera vez periodistas de distintas provincias del país y dejaron dos definiciones que perduraron: eligieron el 7 de junio como fecha para conmemorar el Día del Periodista, recordando a Mariano Moreno y su Gaceta de Buenos Aires, y sentaron las bases para el Estatuto del Periodista Profesional, que se convirtió en ley algunos años más tarde, durante el primer gobierno de Perón.
Los registros del Primer Congreso Nacional de Periodistas señalan a Yussem como uno de los cuatro organizadores. Los otros tres fueron Juan Valmaggia, periodista de La Nación, Santiago Senén González, de La Razón y Octavio Palázzola, dirigente socialista que trabajaba en La Vanguardia. Yussem intentó contagiar la organización en Santiago, con el apoyo de algunos trabajadores de los pocos medios que existían en la provincia, y organizó el Círculo de la Prensa de Santiago del Estero a principios de 1942.
El 17 de septiembre de ese año, en el intento de darle a ese grupo cierto sentido de unidad e hitos de referencia, invitó a la Biblioteca Sarmiento a Alfredo Gargaro, el historiador más importante en Santiago en ese momento, que dio una conferencia sobre los orígenes del periodismo, que al mes la Editorial Yussem publicó y distribuyó en un folleto de 37 páginas. Allí pueden leerse las palabras de Gargaro y su interpretación de por qué Santiago fue la última provincia argentina en tener un periódico. Dijo esa noche Gargaro:
—El arte de imprimir, y con él la aparición del periodismo en Santiago del Estero, tuvo un retardo enorme, como expresión de cultura popular, si se lo compara con el resto del país, siendo la última de las provincias argentinas que gozó de los beneficios de la imprenta. La larga y cruenta tiranía del caudillo Juan Felipe Ibarra no permitió las luces del periodismo en Santiago del Estero. El estado político y económico en que se debatía la provincia en esa época, con la carencia de elementos para la empresa, ayudó más al mantenimiento de una situación oscura y abyecta, sin que el progreso se hiciera sentir en la trayectoria de su vida. El gobierno de Ibarra fue en ese sentido un gobierno aplastante y pesado, cual las carretas de su tiempo. Su signo fue la depresión moral en la profundidad de la selva, sin la elevación que da la lucha ideológica por medio de la prensa.
Desde la década del 30, la prensa había sido férreamente controlada desde Buenos Aires y tras la derrota de Rosas en Caseros —seis meses después de la muerte de Ibarra— florecieron nuevos periódicos en todas las provincias, incluso en las cuatro donde aún no se había impreso ninguno. Así apareció en Jujuy El Orden en 1856; ese mismo año El Ambato en Catamarca; en 1858 La Actualidad en San Luis. Y el 17 de septiembre de 1859 apareció en Santiago El Guardia Nacional.
Los precursores del oficio
En 1858, durante el primer gobierno constitucional de la provincia, bajo el mando de Juan Francisco Borges (h), Santiago recibió una imprenta de Tucumán, como parte de pago de una vieja deuda. Además de la imprenta llegaron vacas. La máquina era un aparato viejo y desvencijado, que llevaba años en desuso. La hicieron arreglar parcialmente con la ayuda del único aprendiz de carpintero que había en el Cabildo. Además, los tucumanos enviaron a Santiago a un experto impresor de nombre áspero: Pedro Robles. Él se encargó de formar el primer grupo de tipógrafos en nuestra provincia. Entre ellos estaba Segundo Araujo, quien luego sería responsable de editar numerosas publicaciones en los años siguientes. El Guardia Nacional fue bautizado con el mismo nombre de un periódico que Robles había editado antes en Tucumán, y que también tenían periódicos de otras provincias del país. Los guardias nacionales eran los civiles enrolados y armados voluntariamente como cuerpos auxiliares del ejército regular en las provincias en tiempos de la Confederación. Era la idea de una prensa en defensa de la patria y del gobierno.
El Guardia Nacional imprimió sus primeros números en aquella imprenta destartalada sobre papel de cigarrillos. Salía los sábados con una tirada de 150 ejemplares y era una especie de boletín oficial, que informaba resoluciones del gobierno. Segundo Araujo fue el impresor. Los historiadores no se ponen de acuerdo acerca de si fue Robles, Araujo o el ministro de gobierno Ezequiel Paz quien escribía las páginas del periódico que consignaban a la redacción como anónima. A pesar de la novedad, aquel primer periódico dejó de salir en junio del año siguiente, cuando el nuevo gobernador, Pedro Alcorta, lo canceló por considerarlo un gasto oneroso.
El gobierno terminó entregando la imprenta desvencijada al Club 25 de Mayo, que empezó a publicar su propio periódico. Al poco tiempo, el presidente Mitre le envió al gobernador Taboada, desde Buenos Aires, una imprenta nueva y reluciente. La instalaron en un local especialmente acondicionado frente a la plaza Libertad. En esas dos máquinas se imprimieron los periódicos que empezaron a aparecer en los años siguientes.
En una investigación reciente sobre el período taboadista, Hector Peralta Puy analiza las publicaciones impresas de la época, muy esporádicas, que aparecen y desaparecen, vinculadas a distintos sectores políticos. Quedan algunos nombres de esos esfuerzos de poca vida: La Fraternidad, El Pueblo, La Reforma Pacífica. Funcionaban con suscripciones, que la mínima era de tres meses, pero algunos no llegaban a durar tanto. Aún no existía la venta callejera, aunque ya se empezaban a mandar algunos periódicos a localidades del interior como Río Hondo y Matará, que son los primeros lugares fuera de la capital donde estos periódicos comenzaron a conseguir lectores.
Existe un inventario, realizado a principios de la década del 40 del siglo XX, que consigna todos los periódicos editados hasta ese momento en Santiago del Estero. José F. L. Castiglione, entonces director de El Liberal, lo publicó en formato de libro en 1941, bajo el título “El periodismo en Santiago del Estero”, editado en la propia imprenta de Samuel Yussem. Ahí se enumeran y describen más de ochenta periódicos que se publican durante el siglo XIX. Algunos de corta vida, otros más largos, pero siempre ligados a los sectores políticos en disputa.
En la cátedra de Historia de los Medios de la Licenciatura en Periodismo de la Unse, hacemos un ejercicio para comprender mejor este listado. Nos detenemos y buscamos mayor información sobre aquellos que han durado cuatro años o más. Ahí la lista se reduce apenas a seis, y permite ver la aparición y proyección de algunos de los principales hombres importantes del periodismo santiagueño.
El Norte (1863-1871) fue un periódico taboadista, editado por Segundo Araujo —ex Guardia Nacional— y uno de sus dos redactores fue Manuel Gorostiaga, personaje clave de la política local y nacional, protagonista imprescindible del periodismo de su época. Apenas un veinteañero cuando comenzó a colaborar con El Norte. Vinculado familiar y políticamente a los Taboada, vivió entre Santiago y Buenos Aires, y se recibió de doctor en jurisprudencia. Fue militante del radicalismo, participó de las conspiraciones que organizaron la Revolución del Parque en 1890, luego fue diputado nacional y embajador en Brasil. Escribió siempre y colaboró en Buenos Aires con los diarios El Nacional, La Nación y en publicaciones de Uruguay, Chile y España. A principios del siglo XX, viviendo en Buenos Aires, fue presidente de la primera Asociación de Prensa fundada en el país.
Luego apareció Prensa Libre (1876-1880), fundado por Pedro Alcorta —que había cerrado El Guardia Nacional unos años antes— y tenía cuatro redactores. Uno de ellos era Pablo Lascano, otra figura clave del periodismo santiagueño. Aunque era cinco años menor que Gorostiaga, Lascano pertenecía a la misma generación de intelectuales. Más adelante sería ministro de distintos gobiernos provinciales, presidente del Consejo de Educación y cónsul en Lisboa. En su carrera periodística, Lascano colaboró con periódicos de distintas provincias y fue el primer santiagueño que cultivó la crónica modernista y el relato de viaje en la provincia. Siluetas contemporáneas, el compilado de perfiles que publicó en 1889, es considerado uno de los libros precursores de la literatura santiagueña.
La Opinión Pública (1882-1892) fue el diario más importante de la época. Fundado desde el Club Libertad, su editor era Nerio Rojas, que promovía la candidatura a gobernador de su hermano Absalón, exiliado en Tucumán y duro opositor a los Taboada. Fue el periódico oficial durante los gobiernos del período rojista (1886-1892). Tenía cinco redactores y desde 1887 comenzó a publicarse todos los días, salvo los lunes, porque se descansaba los domingos.
Durante los años del rojismo, tiempos de incomparable modernización de la ciudad y la provincia, apareció El País (1883-1886), que enfrentaba a La Opinión Pública de los Rojas y al gobierno de la época. Reconocían el crecimiento pero denunciaban el nepotismo y la corrupción. En él unieron fuerzas Manuel Gorostiaga, Pablo Lascano, y Segundo Araujo. Participó también Napoleón Taboada, que luego sería uno de los responsables de la fundación de El Liberal. El País cerró entre el 86 y el 90 —no pudo sostener su rol opositor— y tuvo una segunda época a finales de esa década, vinculado expresamente a la Unión Cívica Nacional, que empezaba a formarse.
Después aparecieron La Unión Cívica, un periódico partidario que se publicó entre el 95 y el 99, fundado por Baltasar Olaechea y Alcorta; y La Provincia, entre el 95 y el 98, perteneciente al sector conservador del Partido Autonomista Nacional.
En 1898 apareció, en ese contexto, El Liberal, que se continúa publicando y es el periódico más importante de nuestra historia. El primer número se imprimió el 3 de noviembre en la famosa casa de los Taboada de Buenos Aires 47 —hasta hace muy poco, un enorme terreno abandonado en pleno centro, ahora el flamante Complejo Casa Taboada— que era conocida como “la mansión de hombres solos”. Entre otros, vivía allí Juan Figueroa, un cordobés que había llegado a la provincia para instalar el primer servicio de teléfonos y al poco tiempo se vinculó a los dirigentes locales de la Unión Cívica Nacional, entre los que estaba Napoleón Taboada, y otras figuras jóvenes con las que impulsaron el nuevo periódico.
Existe una famosa fotografía de Juan Figueroa preso en una celda custodiada por dos policías, después del levantamiento del 24 de abril de 1908 contra el gobierno de José Domingo Santillán. La Unión Cívica protestaba contra la oligarquía que gobernaba la provincia en ese momento. En una movilización largamente organizada, tomaron simultáneamente la Casa de Gobierno, el Palacio de Tribunales y la Jefatura de Policía. El Liberal publicó esa tarde un manifiesto contra el gobierno. Juan Figueroa encabezaba una de las columnas, la que entró a los tiros a Casa de Gobierno. La policía terminó sofocando la rebelión y deteniendo a decenas de manifestantes. Lejos de ser una rareza, estos enfrentamientos eran parte del clima de época, más típico del violento siglo XIX que parecía resistirse a terminar.
Los grandes diarios
En 1926 Juan Figueroa bordeaba los 70 años y empezó una transición física y administrativa del diario. Mudó la redacción de El Liberal a la propiedad de Libertad 263, donde se encuentra el diario hasta hoy —había estado en la casona de Buenos Aires 43 hasta 1911 y luego en 9 de julio 293— y convirtieron el diario en una sociedad anónima. Figueroa emprendió al poco tiempo la retirada y los hermanos Antonio y José F. L. Castiglione, asesores jurídicos del diario y eventuales colaboradores con alguna nota, compraron la totalidad de las acciones del diario y se repartieron la mitad para cada uno. A fines de julio de 1931 el diario, que todavía se publicaba por la tarde, pasó a ser matutino y a publicarse todos los días, incluidos los domingos.
A lo largo de los 127 años de vida de El Liberal aparecieron varios periódicos que intentaron hacerle sombra. Solo dos pudieron, durante el siglo XX, arrimarse a ese propósito.
En 1901 apareció El Siglo, que se publicó durante algo más de veinte años. Son dos los nombres clave en su origen. Uno es Vicente Rodríguez, un comerciante español nacido en 1855 que llegó a Santiago convencido por su amigo Enrique Canal Feijóo —padre de Bernando— que se había afincado antes en la provincia y le mandaba cartas insistiendo que siguiera su camino. Vicente llegó a la provincia e instaló la Librería Argentina y luego la Imprenta El Siglo. Al poco tiempo se convirtió en uno de los comerciantes más prósperos de Santiago y entró en el rubro de la construcción de edificios. Entre los varios que impulsó destaca el Paseo El Siglo, en la esquina de 9 de julio e Independencia, el Cine Grand Splendid y el Banco Provincia. Decidió crear su propio diario, aliado con Manuel Cesáreo Cáceres, un abogado joven, que se había doctorado en derecho en Buenos Aires y acababa de regresar a Santiago para instalar su estudio en el edificio del Paseo El Siglo.
Rodríguez y Cáceres armaron un equipo con cinco redactores, dos linotipistas y un traductor telegráfico. Ramón Carrillo (padre) fue durante buen tiempo jefe de la pequeña redacción de aquel diario, que adquirió la misma importancia que El Liberal.
Manuel Cáceres era un hombre de perfil alto y temerario, que militó en la Unión Cívica Radical. Diputado provincial después de 1908, fue un duro opositor de Antenor Álvarez, a quien denunció por irregularidades en las finanzas públicas, tanto desde su banca como desde las páginas del diario. A raíz de alguna publicación en el El Siglo tuvo, en enero de 1915, una discusión violenta con el diputado Rainiero Lugones en frente de la Plaza Libertad, que Cáceres resolvió como un cowboy: sacó un revólver y remató de un solo tiro a su contrincante. Después de eso, pasó apenas veinte días en la cárcel y salió aún más envalentonado. En 1919 fue electo diputado nacional y un año después ganó las elecciones para gobernador. Ocupó el cargo hasta que el presidente Marcelo T. de Alvear intervino la provincia en febrero de 1924 recibiendo denuncias de los sectores opositores a Cáceres sobre irregularidades electorales y por intentar encubrir a un sobrino que había asesinado a un oficial militar. Con la intervención, clausuraron para siempre el diario El Siglo.
Cáceres pasó a ocupar un rol más discreto, aunque siguió militando en el radicalismo. Impulsó a su ex ministro, Santiago Maradona, para llegar a la gobernación en 1928. En esos años apareció La Mañana, que fue el periódico oficial y se publicó durante los tres años del ingeniero Maradona en el poder. Juan Bautista Castro, el siguiente gobernador radical, tuvo también su propio diario, que se llamó La Unión y duró, también, lo que duró su mandato.
Fue el empresario tucumano Leocadio Tissera quién marcó un cambio de época. Abrió su primera imprenta en 1926 en la céntrica esquina de Buenos Aires y 9 de julio y el 4 de febrero de 1927 publicó el primer número de El Pueblo, un diario vespertino de 8 páginas que, al poco tiempo cambió de nombre y pasó a llamarse La Hora. Hasta el momento sigue siendo, después de EL Liberal, el diario más importante de la historia de Santiago del Estero. Llegó a publicarse durante 49 años, entre 1927 y 1977. Se distribuía en Buenos Aires y en varias localidades del interior de la provincia. Mientras El Liberal era abiertamente antiperonista, La Hora fue férreo defensor de la figura de Perón y Evita.
Después de la muerte de Leocadio Tissera, en 1945, tomó las riendas del diario su hijo José Edmundo. Entonces el diario se mudó a Libertad 626 y luego a Entre Ríos 56, donde hoy se ubica la empresa Aguas de Santiago. En 1974, tras publicar un artículo en contra del gobierno de Carlos Juárez, Tissera fue detenido y luego víctima de una estafa comercial. Muy debilitado, dejó el diario a los empleados, que lo convirtieron en una cooperativa. Pero en agosto de 1977, el gobierno militar allanó la redacción, los talleres y cerró el diario.
El Liberal, alineado con la dictadura, continuó publicándose sin competencia durante catorce años, hasta que José María Cantos lanzó el Nuevo Diario en septiembre de 1991: en 2026 va cumplir 35 años de publicación ininterrumpida.
La primera gran transformación del periodismo santiagueño
A principios de la década del 40, cuando aún vivía Leocadio Tissera y los hermanos Castiglione estaban en su plenitud, terminaba de cobrar forma la primera gran transformación del periodismo en Santiago del Estero. Había un paso del periodismo partisano al empresarial —aunque los dueños de los diarios no dejaban de asumir sus posiciones políticas con mayor o menor disimulo— pero el cambio más importante fue de escala: se volvieron empresas cada vez más grandes —invirtieron en nueva tecnología, se mudaron a espacios más amplios, creció el universo de lectores— y los dueños ya no eran los que escribían —o lo hacían excepcionalmente— si no que directamente le empezaron a pagar a otros para que lo hicieran por ellos. Empezaron a aparecer los periodistas asalariados, que llenaron redacciones más numerosas. Algunos compartían las causas y las ideas con sus patrones, a otros les daba lo mismo y sólo se contentaban con que les pagaran el sueldo.
En 1942, cuando esa división entre patrones y periodistas asalariados llevaba poco tiempo consolidada, Samuel Yussem intentó sindicalizar a los periodistas. Y en ese esfuerzo de construir una identidad, propuso celebrar por primera vez la aparición del primer periódico santiagueño. Y convocó a Alfredo Gargaro para que hilvanara una historia posible. Ese 17 de septiembre Yussem dio las palabras de bienvenida, pero el encargado de presentar al historiador fue Manuel Santos Santillán, secretario de redacción de La Hora y vicepresidente del Círculo de la Prensa. Dijo entonces:
—El Círculo de la Prensa se ha formado en Santiago del Estero para defender la Prensa Libre y para que los periodistas locales tengamos un hogar común y un instrumento que sirva para luchar por nuestro bienestar material y moral. Felizmente estamos nucleados ya; desgraciadamente no lo estamos todos. Toda obra humana tiene sus críticos, sus adversarios y sus detractores. Pero esto interesa poco; lo que interesa es que lo que apenas si era una aspiración hace escasos cuatro meses, es hoy una realidad viva, palpitante, plena de inquietudes.
