Por qué un periodista debería leer a Juan José Saer
Frente a la inmediatez de los algoritmos y la cultura de lo efímero, la obra de Juan José Saer se vuelve un espacio indispensable para quienes se dedican al periodismo. Una invitación a explorar el potencial del lenguaje, entrenar la mirada profunda y asumir el desafío de construir una voz propia.
Por Esteban Brizuela (UNSE)
La nariz ganchuda, los ojos grandes, un poco redondos, separados entre sí y casi paralelos, como los de una ballena, recién bañado y afeitado, el pelo negro y enrulado cayendo en montón sobre la frente y las sienes, más cerca que nunca de los 90 kilos, con sus mocasines blancos, con una camisa blanca y un pantalón blanco inmaculados.
Juan José Saer, Nadie nada nunca (1980).
La lectura puede encandilar. Puede producir un encantamiento parecido al devaneo amoroso de aquellos que recién se conocen en la intimidad.
Carlos Battilana, Primeras luces (2024).
Los imperativos en general no me gustan. Y las lecturas por obligación sabemos que están destinadas a fracasar. Ya Jorge Luis Borges había dicho que no había tratado dos veces con libros intratables. En realidad, lo dijo mucho mejor: “Soy un lector hedónico: jamás consentí que mi sentimiento del deber interviniera en afición tan personal como la adquisición de libros, ni probé fortuna dos veces con autor intratable”.
Sin embargo, en torno a los diez años de la Licenciatura en Periodismo de la Unse, quisiera despertar interés, curiosidad y en el mejor de los casos admiración por un autor de quien se dijo que, después de Borges, es el mejor escritor argentino del siglo XX (lo sentenció la ensayista Beatriz Sarlo). En ese sentido, una lectura nos tiene que motivar. Tiene que funcionar como una iluminación que nos saque de la hiperquinesis a la que nos somete el gobierno de los algoritmos.
Es indiscutible que a un periodista le corresponde tener una relación amigable con su lengua natal. No solo si escribe, sino también si utiliza ambos registros (el escrito y el oral) para contar el mundo. Pensemos que hace poco murió Ernesto Cherquis Bialo (1940-2026), a quien recordaremos por sus crónicas y análisis en los que siempre utilizaba las palabras precisas, con el timing adecuado y la entonación cautivante.
A partir de ese espejo, si somos periodistas, es un mandato enamorarnos del buen uso de la lengua. Y para eso hay que leer El Quijote de Miguel de Cervantes, obvio, como establece un artículo imaginario de una inexistente Constitución para Buenos/as Periodistas. Y también a Juan José Saer.
Saer es un escritor que nació en Serodino (Santa Fe) en 1937 y murió en Francia, en 2005. Escribió novelas, cuentos, poesías y ensayos. Hasta los años ochenta fue un autor de culto, de nicho, que solo era leído y reconocido en estrechos círculos intelectuales. En los noventa, su fama literaria se acrecentó; y ya cuando murió, ninguna persona informada del universo de la cultura desconocía su nombre.
¿Por qué Saer es un lugar por el que uno tiene que haber pasado, principalmente si nos dedicamos a escribir? Hay un montón de motivos, pero rescatemos solo tres, para no abrumar.
La potencialidad del lenguaje
Si hay algo que asombra en la escritura de Saer es su notable uso del lenguaje para hacer lo que le plazca en sus narraciones. Entre sus cualidades se encuentra la morosidad de la escritura, porque se toma su tiempo, especialmente para las descripciones. Por ejemplo, en La grande (2005), su última y monumental novela publicada de manera póstuma, utiliza más de dos minuciosas páginas para contar cómo una mujer enhebra una aguja en el acto de coser. El fragmento comienza así:“Desenrollando un pedazo de hilo del carretel, de unos treinta centímetros más o menos, Gabriela se lleva el carretel a la boca, corta el pedazo de hilo con los dientes, y, aprovechando el movimiento, introduce en su boca el extremo del hilo que acaba de cortar y lo humedece con la punta de la lengua”. Un movimiento mínimo de un cuerpo (tamborilear los dedos, mirar la ruta mientras se viaja o llevar una taza de café a la boca) puede ser la ocasión propicia para el despliegue de una maquinaria narrativa prodigiosa. Allí suele aparecer lo que llamamos la respiración poética de su prosa, por la gran influencia de la lírica en sus lecturas. Tal fue esa influencia que en algún momento tuvo el propósito de escribir una novela en versos.
Una de las cumbres de su talento la podemos ver en Glosa (1985), su novela más celebrada. ¿Qué hace aquí? Con una estructura similar a El Banquete de Platón, narra la caminata de 21 cuadras de dos entrañables personajes: Ángel Leto y el Matemático, una caminata de 55 minutos en la que reconstruyen el festejo del cumpleaños 65 de Washington Noriega, otro de los personajes que se repiten en sus libros. Pero en esa fiesta ninguno de los dos estuvo. ¿Cómo se puede contar un evento al que ninguno de los protagonistas asistió? Saer lo hace con sus artificios.
El entrenamiento de la mirada
Ahora bien, para que Saer pudiera lograr esas “hazañas narrativas” sin duda que hay un talento para la escritura, pero podríamos agregar el poder de la observación que alimenta su prosa. Él mismo solía contar que se quedaba horas mirando una tormenta para encontrar la forma más exacta y perfecta de narrarla. Es decir, entrenaba la mirada para descubrir más allá de lo evidente, de lo que solo se ve en la superficie. Ir un paso más de lo que la mayoría de los mortales observa. La invitación de Saer, entonces, es detener la mirada para observar los detalles de cualquier acción o fenómeno que nos permita narrar de manera original y más profunda.
El proyecto de escritura
Por último, podemos rescatar de Saer la idea de un proyecto narrativo propio. Llama la atención su determinación desde muy joven y su compromiso con un horizonte de escritura, en un gesto que muestra una temprana madurez. “Juani” (así le decían sus amigos) apenas cruzaba los 20 años cuando publicó su primer libro, En la zona (1960), en donde está el cuento “Algo se aproxima”. Los críticos encuentran en un fragmento de este cuento la cifra de todo su proyecto narrativo.
Bajo esta idea, pienso que una cuestión importante es la construcción de una voz propia. Trabajar incansablemente hasta reconocer una respiración personal en la escritura. Alcanzar un estilo, vaya desafío. Y ser tenaz en lograrlo, como lo fue Saer.
Claro, en 2026, pareciera que todo lo que nos pide o sugiere la literatura de Saer huele a anacrónico. En el mundo de la inmediatez, de la hipereconomía de la atención, de lo corto y rápido, la descripción de Carlos Tomatis (el principal alter ego de Saer) que aparece en el epígrafe de este texto resulta “un montón”, como dicen hoy adolescentes y jóvenes.
Habrá que ver en qué aspectos conviene pelearse con esta época de lo efímero. En qué sentido rebelarnos. Preguntarnos qué vale la pena seguir sosteniendo y qué perderemos indefectiblemente. O sea, elegir qué luchas dar.
El banquete de la mesa saeriana se ha desplegado. Los “pasos” son los siguientes: experimentar con el lenguaje, entrenar la mirada, buscar la entonación de la voz propia y saber qué quiero decir.
Narrar, narrar y narrar. ¿Para qué? Para tratar de entendernos a nosotros mismos y al mundo en el que vivimos, un mundo tan difícil de asir. Si buscamos eso, la prosa poética de Juan José Saer nos puede inspirar para exprimir nuestra lengua hasta hacerla crujir
| Guía para leer a J. J. Saer |
| Leer a un autor con una obra amplia como la de Juan José Saer tiene infinitas posibilidades. Cualquier puerta de entrada es válida. Propongo ingresar al mundo saeriano por un cuento que se encuentra en el libro La Mayor (1976). Se titula “Al abrigo” y en ese breve texto se despliega su universo narrativo y sus principales interrogantes. La puesta en duda de lo real, como dicen los críticos de su obra. Luego podemos explorar la novela Lo imborrable, en la que el personaje principal es Carlos Tomatis, su alter ego más ingenioso. Seguir por La Pesquisa (1994) o El entenado (1983). Y si ya a esa altura hemos aprendido a admirar su estilo, estamos en condiciones de pasar a los prodigios narrativos como El Limonero real (1974), Nadie nada nunca (1980) y Glosa (1985). |
